Venus Cloacina (fragmento), primera incurción en el acrilicio y en la tela, que la urgencia obligó a dar por terminado... Inspirado en un suceso de la primitiva historia romana, ocurrido durante la sanción de la Ley de las XII Tablas, no solo inspiró esta tela, titulada "Venus Cloacina" porque el asesinato de Virginia ocurrió cerca del templo que llevaba ese nombre y porque al fin y al cabo ser la Venus de la Cloaca le sienta bien a un final tan atroz... sino también al cuento que sigue a continuación.
Esta versión anónima del atroz destino de Virginia que, similar en casi todo al relato de Tito Livio, agrega a este último los pareceres y el final de un esclavo, es, cuanto menos, dudosa. Más que narrar un hecho histórico de no poca importancia para la república romana, su autor añade a la perfidia del amor de tres hombres por una misma mujer -el lascivo, atroz y orgulloso amor del decenviro Appio Claudio; el oportunista y vano de su prometido Icilio, que no duda sacrificarlo por una ventaja política; y el brutal amor paternal de su padre Virginio-, el ignorado, olvidado e inútil, pero no por eso menos infame, amor del esclavo Delio. Las reconvenciones hechas contra este sean quizás excesivas, y es cierto también que resultan más interesantes sus justificativos que su torpe e insignificante participación en los sucesos o los reproches hechos el autor del relato.
Virginia.
“Mi verdadero nombre, si se entiende por tal el que dan los padres a sus hijos, nunca lo supe. Mis amos me llaman Delio y con eso pareció bastar desde que tengo memoria. Tampoco recuerdo mi país de origen, pero nunca me importó imaginarme la patria de mis padres, ni pretendí consolar mi espíritu pensando cómo se verían sus verdes colinas o sus dilatadas llanuras. Aún hoy, tales detalles se me hacen de escasa importancia y en absoluto inútiles. Nunca me permití la inoportuna melancolía que sufren otros esclavos. Mis ansias tenían un solo nombre y no estaba este ni en mi pasado ni en mi libertad. Su nombre era Virginia.
Desviaba mi camino siempre que me era posible, procurando aprovechar cada oportunidad de verla; aunque evitando demorar los quehaceres encomendados por mi amo, no porque estos me importasen, sino por temor al castigo. El deseo que tenía por poseerla era tan fuerte y tan imposibles mis aspiraciones, que muchas veces maldije más su conocida virtud que a la suerte que hacía de mi un esclavo y de ella hija de un hombre libre.
Hace unos días logré seguirla hasta las proximidades del Foro, donde Virginia cursa estudios de letras. Con gran disimulo, me escabullí y mezclé entre la multitud. Observaba a mi amada joven, cuando, no sin alarma, noté que un hombre se le acercaba, tomándola sorpresiva y violentamente del brazo y la reclamaba por esclava suya. Temí ciertamente por Virginia, ya que el hombre, a quien llaman Claudio, era cliente del cruel decenviro Appio Claudio. Sabía tan bien como todos los presentes en el Foro, que en varias ocasiones había intentado vanamente el decenviro seducir a Virginia y satisfacer sus deseos, por lo que todos entendieron rápidamente las intenciones ocultas detrás de aquel reclamo.
Como es bien sabido, la consternada multitud defendió tenazmente a Virginia, invocando en todo momento el querido nombre de su padre Virginio; mas quien la reclamaba por esclava demandó la protección de la justicia, precipitándose todos ante el juez, que era el propio Appio Claudio. Con fingida indignación, relató Claudio que la joven era hija de esclavos y que había sido entregada fraudulentamente a Virginio como hija suya. Oída aquella conveniente historia, que era de su propia autoría, y a pesar de las quejas de la multitud, declaró el decenviro que no podía decidir sobre la libertad o esclavitud de Virginia sin escuchar antes a quien hasta entonces había sido considerado su padre, pero que encontrándose este fuera de la ciudad, y hasta tanto se resolviera aquella delicada situación, debía quedar aquella bajo la custodia de quien la pretendía.
Entre las voces encolerizadas por la decisión de Appio, se irguió la de Icilio, quien a pesar de los lictores que inmediatamente lo rodearon, declamó: «Esta virgen, Appio, como tal, se me ha prometido. Reúne a todos los lictores, prepara sus varas y hachas, pero no arrebataras del techo paterno a la joven que, casta y pura, será mi esposa. Habrán podido tú y quienes te acompañan en tu odiosa magistratura quitar al pueblo romano su libertad, mas no por eso nos hemos embrutecido tanto como para no adivinar tus oscuras intenciones. ¿Acaso no es este Claudio, que reclama vilmente a Virginia por esclava suya, adicto a ti Appio? ¿Acaso pretendes que olvidemos también que has sido tú mismo quien día tras día, noche tras noche, sin perder oportunidad alguna, intentó doblegar su ánimo y obtener de ella lo que no te corresponde? ¿Acaso pretendes ocultar al pueblo que eres tú mismo quien, rechazado una y otra vez por la virtuosa Virginia, pergeñó el falaz relató con el que Claudio pretende engañar a los ciudadanos que asistimos al foro? ¿Tan ciego es Appio Claudio, tan soberbio, tan arrogante, que cree poder confundir a sus conciudadanos con tan viles mentiras? Idéntica ansia puso fin a la monarquía, ¿qué será de ti si no cedes en tus intentos? Sexto Tarquino, excitado por su propia vanidad y por la belleza y la virtud de la mujer de Colatino, tomó a está con su espada, y como no demostrara temor a la muerte, la poseyó amenazando su virtud. Pero todos sabemos, oh romanos, que ese acto no quedó impune. Deshonrada, Lucrecia se quitó la vida, mas Bruto, vengador del pueblo romano, expulsó por ello a los Tarquinos y a los reyes para siempre de esta ciudad. ¿Y qué hemos de hacer nosotros con este nuevo Tarquino? Sabemos bien que a pesar de su magistratura, no es un rey. No romanos, ¡que Júpiter Optimo Máximo sea la ruina de esta ciudad eterna si acaso violamos el juramento de nuestros antepasados y permitimos que nuevamente un rey reine sobre ella! Mas Appio Claudio es, ¡oh, romanos!, ciudadano y no monarca. ¿Qué castigo le merece entonces el crimen que es motivo de exilio y vergüenza para los reyes? Es cierto, insiste él que no es como nosotros. Se encumbra en su calidad de patricio, de noble, encaramado sobre el nombre de la familia Claudia. ¿Pero que son los patricios, oh, romanos? ¿Han acaso descendido del cielo, enviados por los mismísimos dioses? No. Son patricios aquellos cuyos antepasados tuvieron, cuando se fundó esta ciudad eterna, padres libres. ¿Y no son libres también nuestros padres? ¿No es libre el padre de Virginia? Creer maquinaciones como las de Appio es propio de pueblos complacientes, de súbditos de reyes y tiranos, aceptarlas es propio de esclavos, no de ciudadanos libres. Complaciente es aquel quien ha perdido deseo de pensar y de valerse de sí mismo, complaciente es aquel quien por cansancio o cobardía prefiere desembarazarse de la responsabilidad que implica decidir y tomar lo que le es propio, sin importar las consecuencias. ¡Romanos! ¿Somos acaso súbditos? ¿Vasallos? ¿Esclavos? ¿De serlo, podríamos haber sometido a las naciones enemigas y haber obtenido nuestros derechos como ciudadanos de esta ciudad eterna? ¿Nos han reducido de tal manera que permitiremos que este conciudadano nuestro arrebate a nuestras mujeres y esposas de igual forma que ha arrebatado nuestras libertades civiles? Appio, a ti te reconvengo. A mí reclamo se unirán los ciudadanos que me escuchan y al de Virginio, el de los soldados: solo matándonos podrás hacer cumplir tu sentencia. Sin embargo, deberá saber el padre que si su hija cede a ti, deberá buscar otro marido para ella».
Luego de escuchado el discurso de Icilio, el decenviro lo acusó de pretender más la sedición que la defensa de su prometida, pero ante el apoyó que a aquel daba la multitud, debió ceder y permitir que Virginia volviera a su casa, hasta tanto el padre regresara y el caso pudiera resolverse.
Mientras, observaba yo atentamente la situación en el Foro, y me dije: «He aquí que el patricio, aprovechando su magistratura, busca por todos los medios sustraer a Virginia para sí; mientras que su prometido, aprovecha el trance en que el infortunio la ha colocado para favorecer sus intereses políticos contra los patricios, y ganarse así el apoyo de los suyos para cuando sea restaurado el poder tribunicio. Si hombres libres se entregan a tan oscuros procederes, ¿ha de esperarse algo mejor de un esclavo como yo? El pudor y la libertad de Virginia son como dos abismos infranqueables que me separan de la consumación de mis deseos; pero si el cruel Appio la convierte de mujer libre en esclava y le roba su castidad ¿Qué evitará que el ínfimo Delio también tomé de ella lo que sus deseos le exigen? Que Appio Claudio tomé lo que considera le pertenece, que Icilio robustezca su posición entre los plebeyos. Entre las sombras y favorecido por el olvido de la historia, yo tomaré a Virginia, cuando no sea ella más que una esclava y perdida este su virtud: puedo tolerar una mujer así. Mas, para que tales proyectos prosperen, preciso es que el padre no llegué nunca a la ciudad. Hombres mejores que yo han de estar ocupándose de ello, pero como siempre es preferible desconfiar de la fortuna, que al fin y al cabo me ha hecho esclavo, deberé aportar a esta causa cuanto mis posibilidades permitan».
Decidí obrar con cautela, puesto que el castigo que me esperaba si era descubierto era la muerte. Sin embargo, enterado de la rápida partida del hermano de Icilio al campamento donde se encontraba Virginio, renuncié a toda prudencia y abandoné la ciudad, con la esperanza de sorprender a este durante su regreso y darle muerte en el camino. Pero ¡que fortuna deparaba el destino a Virginio y a su hija, no lo sé, mas parece que un esclavo no es digno de participar en esta historia! Fui capturado mientras dejaba las murallas y he aquí que desde esta cruz donde moriré, no te ruego que calmes mi sed ni alivies de alguna manera mi dolor, si no tan solo que me digas que ha sido de la bella Virginia.”
Así me refirió su historia el esclavo Delio. No pensé nunca en aliviar su sed, ni su dolor, ni tampoco le dije que había sido de la mujer que tan indignamente deseaba. Lo primero pudo haber sido impiedad, pero en cuanto a lo segundo creo que no le importaba realmente, ni tampoco deseaba yo relatar tan dolorosa historia a un esclavo moribundo que, si por su insignificancia no había tenido ninguna verdadera influencia en lo acontecido, era igualmente culpable. No se equivocó en sus suposiciones: inmediatamente escribió Appio Claudio a sus colegas en el campamento donde Virginio prestaba servicios como centurión del ejército para que le negaran la licencia y la posibilidad de retornar a Roma. Sin embargo, el mensaje demasiado tarde y sus ordenes resultaron inútiles.
Cuando los ciudadanos se reunieron nuevamente en el Foro, Icilio y Virginio declararon a favor de la joven, mientras que Claudio defendía sus pretensiones. Appio, irritado y entregado a sus pasiones, adjudicó a Virginia como esclava. La decisión del decenviro exaltó los ánimos de Virginio, que llamó a si a todos los que tuvieran armas, para evitar el ultraje; pero Appio, quien ya estaba preparado, llamó a sus propios hombres, a la vez que acusaba de subversivos a sus oponentes. Temeroso, el pueblo abandonó a Virginia y a su padre. Derrotado este, tomó un cuchillo, y atravesándole con este el pecho, le dio muerte a su hija, defendiendo así, de manera brutal, su virtud. Exhibiéndole su sangre a Appio, maldijo al decenviro votando su cabeza a los dioses infernales.
A consecuencia de estos sucesos, los decenviros debieron abdicar y la República recobró su libertad. Sin embargo, entraron en vigor las leyes decenvirales, cuya creación había justificado dicha magistratura, y desde entonces fueron conocidas como las leyes de las doce tablas. Icilio y Virginio fueron creados tribunos, mientras que Appio Claudio, demandado por Virginio, fue encarcelado, dándose a si mismo muerte en prisión.
Demasiado lejos del Foro sufrió Delio su lenta muerte, y nunca supo que ocurrió con Virginia, cuatro veces mal amada.










